La figura 51 muestra, en una arteria central, la curva que se eleva bruscamente, elevación que coincide con la expulsión de la sangre durante el sístole ventricular. Una vez que la curva alcanza cierta altura, decae en la parte final del sístole y más rápidamente todavía al iniciarse el diástole. Durante el resto del diástole, la curva desciende lentamente y está interrumpida por una incisura. Esta es causada por el reflujo de sangre durante el diástole hacia la aorta, reflujo que produce una pequeña distensión aórtica (ya que las válvulas aórticas están cerradas), que se transmiten hacia la periferia, originando la incisura. El esfigmograma permite establecer en el ciclo cardíaco, dos eventos importantes: la iniciación
y duración de la fase de expulsión, que permiten, a su vez, medir no sólo la duración del sístole, sino también la del diástole.
En la onda del pulso de las arterias periféricas la incisura aparece muy atenuada (Fig. 5I ).
La onda del pulso es, como ya hemos mencionado, palpable en las arterias superficiales. En la clínica, la arteria radial es la más usada para este fin. El pulso nos orienta sobre la frecuencia cardíaca, permitiendo establecer si ésta es normal, lenta (bradicardia) o aumentada (taquicardia). Las irregularidades del pulso indican trastornos en el ritmo de las contracciones ventriculares (extrasístoles, arritmia ventricular).
La evaluación del pulso nos orienta también acerca de ciertas calidades de la pared arterial (su dureza, pulso duro, por ejemplo). Como la onda del pulso depende no sólo de la elasticidad de la pared arterial, sino también de la fuerza contráctil del miocardio, su altura nos informa acerca de la presión diferencial. La baja de la presión arterial produce una onda de pulso blando.
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